febrero 29, 2024

Kayed Hammad ha cambiado 14 veces de casa junto con su familia desde el inicio de la guerra de Gaza. El anciano matrimonio Redwan murió con uno de sus hijos y un cuidador en una casa de un barrio acomodado de la capital que jamás imaginaron bombardeado. Abed Mustafa libra una batalla diaria en Rafah para obtener comida y agua, y poder cargar el móvil. S. A. (prefiere permanecer en el anonimato) comparte apartamento con otras 13 personas tras huir a toda prisa con su madre para salvar la vida y perder su casa con todos los recuerdos. Estas cuatro personas narran a este periódico su desolación y describen el día a día de un territorio arrasado después de tres meses y medio de guerra en los que han muerto más de 25.000 palestinos.

La maldición de cambiar 14 veces de casa

Yabalia

En una maldición que no cesa, Kayed Hammad ha cambiado 14 veces de casa junto con su familia desde el inicio de la guerra de Gaza. Ahora vaga sin apenas ropa de invierno en busca de algo de comida entre las ruinas del campo de refugiados de Yabalia, en el norte de la Franja palestina, donde nació hace 60 años, después de escapar de los bombardeos de Israel que arrasaron su vivienda en Ciudad de Gaza, la capital del enclave costero. “La pasada Nochebuena fue la peor noche de mi vida porque sufrí un ataque de corazón”, relata en un arduo intercambio de mensajes. “Cuando llegué al hospital solo pudieron ofrecerme anestesia para aliviar el dolor… Ahora debería tener una revisión con un cardiólogo, pero no hay ninguno”, lamenta.

Sonriente y vital en agosto de 2022 —la última vez que habló con EL PAÍS antes de la invasión israelí de la Franja—, las imágenes que ahora hace llegar este gazatí —que ha trabajado como intérprete para ONG y periodistas extranjeros— son las de un hombre derrotado. “No veo nada bueno en el futuro. Dicen que necesitaremos 10 años para reconstruir Gaza”, se entristece desde el paisaje de devastación del norte de Gaza que muestran sus fotografías. De allí ha huido la gran mayoría de sus 1,1 millones de habitantes. “Los que se fueron al sur están sufriendo en tiendas de plástico y cartón al aire libre. Muchos se están arrepintiendo y ahora nos dicen: ‘Ojalá hubiéramos muerto antes de irnos”, relata. “Les dijeron que era un lugar seguro, pero casi todos los días los bombardean en Rafah o en Jan Yunis”.

Kayed Hammad junto a Juan Carlos Sanz, actual corresponsal de EL PAÍS para el Magreb, en agosto de 2022 en Ciudad de Gaza.

A Hammad le gustaría estar en España con su hermano, con quien convivió hace tres décadas, y volver a practicar con sus amigos el castellano que aprendió entonces. “Cualquier ser humano merece vivir en paz, tener una vida normal”, confiesa con un sentimiento de pesar por el destino del resto de los 2,3 millones de gazatíes.

Como la mayoría de los habitantes de la Franja, la noche del 7 de octubre, durante el cruento ataque de Hamás en Israel, dormía cuando le despertaron las explosiones “Desde la ventana vi muchos ataques con cohetes y detonaciones de la Cúpula [de Hierro, sistema defensivo israelí]. Cuando se produjo la invasión, no notamos gran diferencia. Hasta que los disparos de los tanques se fueron acercando”, rememora.

Hammad, junto a edificios destruidos por los ataques israelíes.

“¿Que cómo son nuestros días aquí? Muchas noches no conseguimos dormir ni dos o tres horas, sobre todo cuando la operación [militar israelí] se concentraba en el norte. Con tantas bombas, como mucho duermes una hora, cuando ya estás tan agotado que no puedes resistir”, describe sus noches en vela. “Pero luego te despiertas por una explosión”.

Por las mañanas tiene que arriesgarse y salir a conseguir cualquier cosa para comer. Antes de la guerra entraban cada día 500 o 600 camiones con mercancías en Gaza. “Poder llegar ahora hasta donde se vende algo —si alguien tiene aún una tienda en un callejón escondido—, supone un riesgo muy grande”, reconoce.

“El agua potable… ya hemos olvidado lo que era hace mucho tiempo”, resume la narración de su vida cotidiana en Gaza. “Siempre hay que volver a casa cuanto antes. Y esperar al día siguiente. Y es lo mismo. Más de lo mismo. Y uno ya se siente incapacitado. Muchas cosas dejan sabor amargo. Quisieras dar de comer a tus hijos y no puedes”, se apena Hammad.

La primera semana de la guerra su casa fue destruida por los bombardeos israelíes. No ha sido la primera vez. En 2003 (Segunda Intifada) y en 2008 (Operación Plomo Fundido) ya perdió su hogar. “No sé cuándo volveré a tener una casa. Espero poder tener al menos una tumba normal. Ahora entierran en plazas públicas, en cualquier lugar, porque no se puede llegar al cementerio”, se despide con un mensaje pesimista desde Gaza.

Testigo desde Cisjordania de la desaparición de su familia

Ramala / Ciudad de Gaza

En los primeros días de guerra en Gaza, los ancianos Amer y Nama Redwan no temían por su vida, convencidos de que el ejército israelí jamás bombardearía su casa de dos plantas con jardín en Tel al Hawa, uno de los mejores barrios de la capital del enclave. “No va a pasar nada, no te preocupes. Estamos en una zona muy segura, al lado de la Media Luna Roja, de organismos internacionales… Aquí nunca han bombardeado”, tranquilizaba Amer por teléfono a su hija Imán, que seguía con agobio desde la ciudad cisjordana de Ramala —a la que se mudó desde Gaza al casarse— las noticias sobre ataques aéreos que mataban cientos de personas a diario.

El 9 de octubre, la esposa de Ramadán Abu Aljar —una mezcla de amigo y cuidador que insistía en acompañar a los Redwan en los momentos más difíciles— telefoneó llorando a Imán para decirle que su hijo no había visto nada en pie allí donde estaba la casa. Un bombardeo aéreo la había destrozado horas antes. Dentro estaban Amer, de 83 años; Nama, de 77; uno de sus hijos, Husein, de 38, y Ramadán, de 52.

La casa familiar en Ciudad de Gaza antes y después del bombardeo.

Un vecino les contó que media hora antes había exhortado a Amer a escapar. El ejército israelí no avisó de la inminencia de los bombardeos, como solía hacer en anteriores ofensivas, pero la gente huía al ver cómo sonaban cada vez más cerca. “Le dijo: ‘Véngase, jay’ [una expresión de respeto a quienes han peregrinado a La Meca] y él respondió: ‘¿Por qué?’ Los israelíes saben quién vive en cada casa y que mi mujer está en silla de ruedas con bombona de oxígeno. Este no es un bloque alto y no hay nadie de Hamás o de la Yihad [Islámica]”, cuenta.

Los cuerpos de madre, hijo y Ramadán fueron sacados pronto sin vida de entre los escombros. El resto de los hijos contrataron a toda prisa por teléfono una excavadora privada para buscar a su padre. Tres días más tarde, el operario llamó a Imán al oler descomposición cerca del lugar del que extrajeron a su madre, pero ella se aferró a que sería el cadáver del gato, Loco. “No, lo siento, justo estoy viendo al gato sobre la pila de escombros”, le respondió.

Imán Radwán, con sus padres Amer y Nama.

“Si piensas en la situación general, sientes que lo que te ha pasado es solo una gota en el océano. Y hay cosas sobre las que elijo no pensar porque me volvería loca. Como que mi sobrina ha perdido a su padre. O si los perros se están comiendo a mi padre, madre o hermano”, señala. Lo dice porque están enterrados en el cementerio Al Faluya, en el hoy devastado campo de refugiados de Yabalia, y las tropas israelíes han causado daños en tumbas de ese y de otros cinco cementerios en Gaza, en ocasiones con bulldozers, según muestran imágenes verificadas sobre el terreno y por satélite. Es el único cementerio en el que, en medio de los bombardeos más intensos en décadas, un conocido les consiguió dos sitios para los tres cuerpos.

Como el 80% de gazatíes, eran refugiados de La Nakba (catástrofe, en árabe), en 1948, que se saldó con la expulsión de 800.000 palestinos. Cuando dos décadas más tarde, Israel conquistó Gaza a las tropas egipcias en la guerra de los Seis Días de 1967, la familia huyó de nuevo y acabó en Arabia Saudí. Nama, la madre, era profesora de árabe; Amer, administrativo y más tarde empresario. Tuvieron siete hijos y regresaron en 1988 a Gaza, donde Imán cursó secundaria y la carrera de Periodismo, en la Universidad Islámica.

Husein, en primer plano, con familiares. Nama es la segunda por la izquierda; Imán, la tercera. Amer, el segundo por la derecha.

Imán aún usa el presente al hablar de sus padres: “Mi padre es…”, “a mi madre le gusta…”. Los vio por última vez en agosto. El cerco israelí les impedía salir de la Franja (como a casi todos los gazatíes), así que la única opción de encontrarse con su hija de 52 años y ver a sus nietos era que entrase ella, lo que requería un permiso de las autoridades militares. Ante la dificultad de conseguirlo, Imán dedicaba tres días, cruzaba otros tantos países y gastaba mucho dinero en hacer un trayecto que, sin limitaciones y por tierra, serían 75 kilómetros: ir por carretera de Ramala a Jordania, atravesando un lento paso fronterizo; tomar en Amán un vuelo en sentido contrario, hacia Egipto, y llegar por carretera a Rafah, el cruce con Gaza.

La odisea de cargar un móvil para mantener el contacto

Rafah

La conversación con Abed Mustafa depende del sol. Ha habido suerte y el día está claro en Rafah, en el sur de la franja de Gaza. Como cada mañana, Mustafa ha caminado unos siete kilómetros para cargar el móvil en casa de unos amigos que tienen paneles solares y le hacen ese enorme favor gratis. Pero si hubiera llovido, habría tenido que pagar a personas que poseen pequeños generadores para recargar un poco la batería y no habría podido responder a la llamada de EL PAÍS.

“Cada acto de la vida cotidiana, el más simple, requiere un esfuerzo enorme y estoy cansado”, asegura este palestino de 24 años, que ha preferido que su nombre verdadero no aparezca en esta entrevista. “Pero tener batería en el móvil es lo más importante para mí. Llamar, tener noticias de la gente querida y saber qué está pasando…”.

Antes del 7 de octubre, Mustafa vivía en un pequeño apartamento en el este de Rafah que él mismo rehabilitó. Era una especie de refugio, en el que presumía de su independencia y recibía a sus amigos. El 9 de octubre, salió huyendo de su hogar, hoy convertido en una montaña de escombros.

Teléfonos móviles de amigos y vecinos cargándose en una casa con paneles solares.ABED MUSTAFA

“Pasé por escuelas de la ONU, por casas de familiares y ahora estoy en casa de mis abuelos en Rafah. Somos 27 en tres pequeñas habitaciones”, explica. Con él están sus padres y sus seis hermanos y hermanas, todos menores que él. El más pequeño, Mohammad, tiene solo dos años. “Todos los días se parecen: cargo el teléfono, vuelvo a casa y empieza la siguiente batalla: cómo hacer para comer y encontrar agua. Todo es durísimo. Por ejemplo, buscar agua significa caminar kilómetros hasta encontrar a alguien que la venda o distribuya. Rezo mucho antes de salir de casa. Pido a Dios que me ayude a encontrar lo que necesitamos”, explica.

La necesidad y el tiempo muerto han hecho que Mustafa y su padre ideen maneras de sobrevivir dignamente y han fabricado un horno casero donde cocer el pan que ellos mismos hacen y un precario calentador de plástico y metal para que los niños puedan lavarse con agua de mar caliente “cuando es posible”.

Recipientes colocados para recoger agua de lluvia para beber. ABED MUSTAFA

La conexión viene y va. Mustafa tiene cobertura gracias a sus vecinos, que captan una red egipcia. Las preguntas y las respuestas se entrecruzan y es necesario repetirlas varias veces y el tiempo apremia porque la batería se agota. “El otro día salí a buscar aceite a un mercado. Una bomba cayó en la zona media hora después de que yo saliera. Murieron 30 personas, que tal vez estaban buscando aceite como yo”, recuerda, lacónicamente.

Mustafa es licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Universidad de Al Azhar en Gaza y ha trabajado como consultor, formador y coordinador de programas en organizaciones internacionales y palestinas. Pero está en el paro desde marzo del año pasado. Tampoco ha podido salir nunca de la franja de Gaza. “No tuve esa suerte, solicité becas para hacer un máster, pero no me seleccionaron. Me daba igual adónde ir. Los palestinos vamos donde surja la oportunidad”, afirma.

La vida de este joven representa la de decenas de miles de habitantes de la Franja, donde el 60% de la población tiene menos de 25 años, muchos han estudiado una carrera y hablan inglés con soltura, pese a no haber salido nunca de ese pequeño territorio de 365 kilómetros cuadrados, pero están desempleados. Según cifras oficiales, un 70% de los jóvenes de Gaza no tienen trabajo.

Ahora más que nunca, Mustafa se siente atrapado. “Odio esto, lo odio. Todo está lleno de gente, la casa está llena, la calle está llena. No se puede ni caminar, cada día hay más desplazados, más tiendas de campaña…”

Distribución de harina de UNRWA, la agencia de ONU para los refugiados palestinos. Abed Mustafa

Su hartazgo se mezcla con una inmensa tristeza al recordar a los familiares y amigos que ha perdido desde octubre. “La muerte que más me ha dolido ha sido la de mi tío. Odiaba a Hamás y todo lo que representa, pero Israel lo mató en su casa con ocho personas más”, recuerda. “El otro día bombardearon la casa de un amigo de la universidad, aquí en Rafah. Falleció toda la familia, menos él, que quedó malherido. Ahora es un muerto en vida”, agrega.

El dinero de la familia de Mustafa se ha acabado hace días y sobreviven gracias a la ayuda humanitaria que entra por Rafah a cuentagotas. Comen conservas y lo que van encontrando y priorizan alimentar a los niños. “No sé desde cuándo no como carne. Cuando se encuentra, es demasiado cara. Se me está empezando a caer el pelo, creo que es por comer tan mal”, explica.

Pero ese mediodía ha habido suerte y la familia ha almorzado falafel gracias a un amigo de Mustafa. “Todo el mundo está flaco. La gente se está muriendo de hambre y ataca los camiones de ayuda humanitaria. Esta noche me siento tranquilo porque sé que mañana tenemos qué comer”, dice.

Escombros de un edificio tras un bombardeo con el mensaje rotulado en rojo: “Osama Badawi sigue bajo los escombros”.ABED MUSTAFA

“¿Qué viene ahora? No lo sé. La gente está preocupada por vivir hoy. Mi familia y yo somos totalmente apolíticos, pero va a ser difícil que Israel termine con Hamás, que es una realidad innegable en Gaza, con una estructura fuerte y no solo militar”, piensa en voz alta.

La batería del móvil se está acabando y Mustafa avisa que tiene que colgar. “¿Sabes lo que me da miedo?”, dice antes de despedirse. “Que nos acostumbremos a esto: a las bombas, la falta de comida, las escuelas convertidas en refugios, la muerte…”.

Enseñar a los niños a afrontar el dolor

Rafah

La entrevista se pospone varias veces por los bombardeos en la zona. Para tener conexión y poder atender esta llamada, esta psicóloga debe desplazarse a un lugar donde opera la UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, en Rafah, en el sur de la franja de Gaza. S. A. no quiere que su nombre aparezca publicado. “Prefiero ser anónima por mi seguridad. Y, además, mi historia es la de muchos otros, no necesita un nombre”, explica.

Tiene 39 años y trabaja para Médicos del Mundo. Huyó de su casa en Ciudad de Gaza y se refugió primero en el centro, en Nuseirat, y finalmente alquiló un pequeño apartamento en Rafah donde viven 14 personas. “Mi peor momento fue huir de casa para salvar la vida, conducir como una loca para salir de esa zona y mirar mientras tanto la cara de mi madre, anciana, que venía conmigo. Perdí mi hogar y todos mis recuerdos. Duele mucho”, explica.

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Verse desplazada dos veces no le ha impedido seguir ejerciendo, sobre todo con niños. En escuelas convertidas en refugios o en campamentos improvisados, S. A. y otras decenas de psicólogos comienzan ya a adentrarse en las heridas invisibles de más de 100 días de bombas, pérdida y miedos. “Elegí ser psicóloga para ayudar a la gente, lo llevo en el alma, quiero ayudar a esos niños y no me planteo quedarme en casa”, explica.

Niños palestinos en un taller de apoyo psicológico de Médicos del Mundo en Gaza, en una imagen cedida por la organización.

La ayuda que prestan es una especie de “primeros auxilios psicológicos”, una terapia de emergencia. “Los ayudamos a afrontar el dolor, comenzamos a brindarles apoyo emocional para identificar, expresar emociones difíciles y trucos prácticos para afrontar el estrés y el miedo, como ejercicios de respiración y otras tácticas”, explica.

Son niños que sufren serios desórdenes mentales como trastorno de estrés postraumático, ansiedad o depresión. Los juegos y las actividades artísticas y plásticas ayudan a los niños a comenzar a expresar sus emociones frente a los psicólogos y a sentirse acompañados por otros niños. “Jugamos, pintamos con ellos, hablamos con sus familias si es que tienen familias… No podemos hacer gran cosa, no podemos aspirar ahora a lanzar programas más ambiciosos para proteger su salud mental, pero al menos intentamos hacerles sentir un poco de alivio y de seguridad”, explica esta psicóloga.

Según la UNRWA, más de uno de cada cuatro pacientes examinados en sus centros en Gaza antes de que estallara esta ofensiva militar, necesitaban apoyo psicosocial y de salud mental.

En el caso de los niños, la mayoría ya estaban traumatizados antes del 7 de octubre. Un informe publicado por la ONG Save The Children en 2022, concluyó que desde que se impuso el bloqueo terrestre, aéreo y marítimo en 2007, la vida de los niños de Gaza ha estado sumida en graves privaciones, ciclos de violencia y restricciones a su libertad, y su salud mental estaba ya en un punto crítico. Alrededor de un 80% de los niños declararon sentirse en un estado permanente de miedo, preocupación, tristeza y dolor.

“Recuerdo por ejemplo un niño de siete años, que había perdido a sus padres y a cuatro hermanos en un bombardeo. Solo se salvaron él y su hermana, de unos 15 años. Ahora está en un refugio con unos parientes y está muy mal. Duerme mal y tiene pesadillas, está enfadado permanentemente, es muy agresivo, llora, grita y no quiere hablar con nadie”, explica la psicóloga de Médicos del Mundo.

Unos niños dibujan bombardeos en un taller organizado por Médicos del Mundo en Gaza, en una imagen cedida por la organización.

S. A. explica que el niño no quería participar en ninguna actividad propuesta por los psicólogos y revivía permanentemente el momento de la muerte de sus padres y su huida para salvar la vida. “Se sentía culpable por lo que pasó y cuando empezó a hablar decía que se quería morir. Era un caso muy difícil. Pasé mucho tiempo con él, hablándole, invitándolo a participar en alguna actividad y poco a poco fue entrando en los juegos y comenzó a abrirse. Es un niño que necesitará muchas sesiones individuales y muchos años para revivir mínimamente. Como psicóloga, lo sé”, agrega.

S. A. carraspea y se toma unos segundos para recuperar el aplomo. Está soltera y explica que utiliza con su madre, sus sobrinas e incluso con ella misma las técnicas que enseña a los niños. Las respiraciones, los pensamientos positivos, los gestos para tranquilizar… La mujer forma parte de un equipo de una veintena de personas, cuatro de ellas psicólogas. Sus responsables las acompañan para detectar si desfallecen y ayudarlas a tomarse un respiro cuando se sienten desbordadas emocionalmente. Por ejemplo, cuando un compañero o amigo fallece o resulta herido en los bombardeos, como ha sido el caso.

“La situación empeora cada día. Es muy duro. Soy psicóloga, pero también soy un ser humano y sufro. Intento desde lo más profundo de mi corazón ser fuerte, con los niños, con mi familia y hacer algo por ellos, aunque sea poco”, insiste.

Médicos del Mundo ha advertido de que la violencia extrema en la Franja y las atrocidades presenciadas por los niños “pueden causar daños irreversibles en su desarrollo mental y emocional”, que “no van a desaparecer en el momento que cese la violencia”, ya que un porcentaje pequeño va a desarrollar un trastorno mental más grave que requiera atención especializada. “Pero por ahora no podemos pensar en el futuro, no sabemos qué más nos puede pasar. Vivimos día a día”, se despide S. A.

Créditos

Coordinación: Brenda Valverde Rubio y Guiomar del Ser

Diseño y dirección de arte: Fernando Hernández

Desarrollo: Alejandro Gallardo

Edición gráfica: Alex Onciu

Edición audio: Nacho Taboada

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